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En
febrero del 2000 conocí a Ester Xargay; a Carles Hac
Mor lo conocí poco tiempo después. Creo que cuando nos
dimos cuenta de que podríamos trabajar juntos fue
cuando conversamos sobre Raymond Queneau. En particular,
conversamos sobre su texto Cent
mille miliards de poèmes, obra que en 1960
constituyó uno de los fundamentos del grupo conocido
como OULIPO (Ouvroir de Litterature Potentielle). Yo había
estado experimentando con las posibilidades
combinatorias del texto en el ordenador y había
encontrado, en un viaje a Londres, un libro llamado OULIPO
Compendium, en el que aparecía una versión en inglés
del texto de Queneau. El texto consiste en diez sonetos,
de catorce versos. En todos los sonetos se mantienen las
mismas rimas, así que cada verso puede ser substituido
por el verso correspondiente de otro soneto. Por
ejemplo: el verso 1 del soneto 1 puede ser substituido
por el verso 1 de cualquiera de los sonetos 2 al 10. El
número total de sonetos que existen potencialmente
(sonetos que tal vez nunca lleguen a leerse pero cuya
existencia es predecible según este sistema de reglas
de combinación) es de 10 elevado a la 14 = “Cent
mille miliards” = 100,000,000,000,000. (Carles hizo un
cálculo, y encontró que se podría completar la
lectura de todos los sonetos sólo después de varios
millones de años, sin detenerse a comer ni a dormir,
desde luego.)
Carles
y Ester emprendieron entonces el temerario trabajo de
traducir el texto de Queneau al catalán... poco tiempo
después me entregaron una estupenda versión, la cual
introduje en el ordenador. De esta manera, los textos
podrían ser proyectados en una pantalla y, mediante un
dispositivo especial (un aparato llamado genéricamente pitch
to MIDI, que transforma el tono de la voz en una señal
digital (un número)), Carles y Ester podrían leer los
sonetos y con su propia voz ir generando nuevas
combinaciones, enfrascándose así en una lectura
infinita, ya que cuando llegasen a la última frase de
un soneto, la primera frase ya sería distinta a aquella
con la que habían comenzado.
La
forma de navegar a través del océano de sonetos de la
obra de Queneau, al menos aquella que nos permite ir por
nuevas rutas de lectura cada vez, es la de aplicar un
algoritmo aleatorio. Cada vez que el ordenador ha de
presentar un nuevo soneto en pantalla, lo hace generando
catorce números aleatorios, cada uno de ellos
comprendido entre el 1 y el 10. El primer número indica
el número del soneto del cual se tomará el primer
verso, el segundo indica el soneto del cual se tomará
el segundo verso y así sucesivamente hasta completar
los catorce versos del soneto. Al final se forma un
“nuevo” soneto con los catorce versos elegidas
aleatoriamente.
Queneau
mantuvo una postura radical en contra de la aleatoriedad
como método de escritura. Para él, la idea de la
equivalencia entre inspiración, exploración del
subconsciente y liberación, y aleatoriedad y
automatismo era falsa; el tipo de libertad que consiste
en obedecer ciegamente a todo impulso es en realidad una
forma de esclavitud. Según él, el autor clásico que
al escribir una tragedia sigue un cierto número de
reglas que conoce es mucho más libre que el poeta que
escribe cualquier cosa que le pasa por la cabeza, y es
esclavo de unas reglas que ni siquiera conoce.
Mucho
me temo que la aleatoriedad como método de lectura,
específicamente como método de lectura de Cent
mille miliards de poèmes, tampoco le haría mucha
gracia a Queneau. En nuestra defensa, podemos decir que
la aleatoriedad es el método que mejor nos permite
sumergirnos en la enorme profundidad de su texto.
Utilizamos la aleatoriedad simplemente como un método
de exploración.
Como
antecedente al trabajo que hemos realizado Ester, Carles
y yo, hay que mencionar el trabajo de Paul Braffort, que
en 1975 hizo una adaptación de la obra de Queneau a la
informática. El método de lectura de los sonetos no
era aleatorio; se utilizaba en cambio el nombre del
lector y el tiempo que tardaba en teclearlo para
determinar el soneto resultante. Este trabajo fue
mostrado por primera vez ese mismo año en el festival
Europalia, en Bruselas, y poco tiempo después fue
patrocinado por ARTA (Atelier de Recherches Techniques
Avancées), del Centro Georges Pompidou en París.
En
el caso de Cent
mille miliards de poèmes, el mérito de Queneau es
el de haber creado una máquina para fabricar sonetos:
al enunciar las reglas de combinación construyó su
engranaje y, al escribir los 10 sonetos originales, nos
dio la materia prima para fabricar billones de ellos.
Cada uno de ellos, a pesar de ser distinto a los demás,
tiene una marca de fábrica y procede de la misma máquina:
una máquina increíblemente productiva.
En
su libro Opera
Aperta, Umberto Eco define cierto tipo de obras como
“obras abiertas”, en las que no existe un mensaje
cerrado y definitivo; tampoco una forma organizada unívocamente,
sino una red de relaciones que dan la posibilidad de
varias organizaciones finales de la obra. Dichos
“resultados finales” de la pieza dependen
directamente de la iniciativa del que la aprecia, que
mediante este proceso se convierte en intérprete.
La
obra abierta es un aparato que cualquiera puede usar
como mejor crea.
Para
que dicha apertura en una obra sea posible, es necesario
que la obra, o al menos parte de ella, se construya
utilizando campos de eventos: conjuntos de elementos u
orientaciones cuya intervención en la obra se mantiene
de forma potencial, no predefinida.
Se
podría decir entonces que los sonetos de Cent
mille miliards de poèmes son un campos de eventos;
campos fértiles sembrado con frases que brotan aquí y
allí, y que al combinarse forman poemas mutantes, pero
semejantes a sí mismos. Es precisamente esta semejanza
la que da a la obra una cohesión, la que permite
adivinar la intención del autor.
Eugenio
Tisselli Vélez
Barcelona, agosto de 2002
Bibliografía:
Oulipo Compendium
Mathews, Harry y Brotchie, Alastair
Atlas Press, London 1998
Opera Aperta - Forma e indeterminazione nelle poetiche
contemporanee
Eco, Umberto
Bompiani, Milano 2000
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